Entrevista realizada en la Residencia de Estudiantes de Madrid el 29 de mayo de 2008, en ocasión de la presentación de los cuadernos inéditos durante el congreso “Mujeres y Compromiso” de la Universidad Autónoma de Madrid y la Saint Louis University, Madrid Campus

Chiara Bolognese

Génesis del Fondo Alicia Kozameh

 ¿Qué representan para ti ahora estos cuadernos y qué relación has ido teniendo con ellos a lo largo de toda tu vida?

Mis dos cuadernos escritos en la cárcel son algo de lo que jamás he podido desprenderme. Ni siquiera lo habría intentado. Como, digamos, con un órgano del cuerpo. Uno no lo tiene en cuenta, pero lo lleva consigo. Uno da por hecho que ése es el lugar en el que deben estar: con uno. Pero la supervivencia hace lo suyo: siempre, entre estos cuadernos y yo, se iban interponiendo cosas y resultaba difícil retomarlos, verlos como algo más que lo que aparentaban ser. Yo les echaba, cada tanto, una mirada de amor, pasaba las páginas, releía partes, miraba en estado de fuerte emoción ciertos dibujos. Pero existen los elementos cotidianos de la vida. Empiezan a suceder cosas en tu vida que son nuevas, y se van creando distancias que, de todas formas, son provisorias. No son distancias definitivas, felizmente. Son pequeños acontecimientos de lo cotidiano que, en realidad, no por pequeños dejan de determinar lo que se aproxima, y entonces uno deja de tener los cuadernos pegados al cuerpo. O sea: no están pegados, sino que siguen dentro del cuerpo, enquistados y aparentemente silenciosos.

 

¿Y por qué viniste con los cuadernos a Poitiers?

Fernando Moreno (director del Centre de Recherches Latino-Américaines-Archivos,  CRLA), previa conversación con Erna Pfeiffer, me invitó a la Universidad de Poitiers a participar en la jornada de estudios “Escrituras de la memoria y del exilio”. Él estaba en Oregon, en un intercambio entre universidades. Vino a Los Ángeles para que conversáramos. Hablamos mucho, aunque Fernando ya llegó con la idea de trabajar sobre los cuadernos. Los cuadernos estaban allí mismo, en casa. Los guardo en mi dormitorio, en una de las bibliotecas. Hacía tiempo que no los abría. La idea de Fernando Moreno era que yo le donara los cuadernos a la Universidad de Poitiers, al CRLA. En casa los vio, los leyó, estaba entusiasmado intentando poner las hojas sueltas en orden, y yo pensaba en cómo me gustaría tener esa generosidad de dárselos, de decirle: “llevátelos, y yo me quedo con fotocopias”, pero no podía. Me habría encantado haber podido sentirme tan generosa en términos de esos cuadernos, en particular, pero no, no lo he logrado… no estoy emocionalmente preparada para separarme de ellos. Además yo creo que son de Sara… O, digamos, es una decisión que tomaré después. No ahora.

Entonces él me preguntó: “Y aunque sea, ahora cuando vayas a Poitiers para el congreso, ¿no llevarías los cuadernos para que los digitalicemos?” “Eso sí, le dije, y además puedo donar otra cosa”. Lo consulté con mi hija, también, porque al fin y al cabo ella será la dueña de todo lo mío. Yo había escrito un poema que se llama “Mano en vuelo”, acababa de terminarlo. Es un poema largo, de 20 páginas, que me resulta entrañable, lo siento en profundidad, y le dije a Fernando: “Si te gusta el poema te regalo para la universidad el original manuscrito, más todas las versiones hasta llegar a la final; con todas las correcciones a mano, las distintas impresiones, todo”. Entonces él leyó el poema, le encantó, y lo hicimos así. El original está allí, en Poitiers. Saqué fotocopias en color de todo, y tengo la fotocopia conmigo. Es un cuaderno con una cobertura hecha en la India, de ésos que tanto se ven ahora, con lentejuelas, un cuadernito que yo adoro. Ése es un poema que me explotó en el cuerpo, después de un tiempo de seria presión mental a causa de la invasión a Iraq.

Y yo me sentía muy feliz de poder donar este poema, y Sara me dijo “Claro, mami, esto está bien”. Así que cuando fui a Poitiers me llevé los cuadernos, ahora sí pegados al cuerpo. Allá Fernando Colla, Sylvie Josserand, y Paola Da Cunha lo digitalizaron todo, y yo me volví a casa con mis cuadernitos.

 

¿Lo hicieron en dos días?

No, estuve más de dos días. Se los entregué ni bien llegué, y después estuve yendo y volviendo a Poitiers por más o menos dos semanas, porque visité seis universidades distintas y tenía como centro Poitiers. Al final del viaje me los dieron. Y los tengo conmigo todo el tiempo, los he visto muchas veces. Sé que hay una cantidad de sueños que enumeré en uno de ellos. Estos sueños son los que usé para escribir la novela El séptimo sueño, que jamás publiqué, la primera completada, que terminé. Pero no la publico porque la siento inmadura, quizás no desde el punto de vista de la escritura, pero sí en cuanto a la idea general, al argumento. En aquel momento me resultaba maniquea. Ahora, no sé. Se trata de seis sueños, y el séptimo es el de tener a los milicos en la cárcel. Esto en tiempos en que esa posibilidad era remota, y por eso resultaba tan inverosímil y delirante.

 

Hay un cuento tuyo, “El encuentro. Pájaros”, en el que retomas este tema, e imaginas hacer una reunión en Villa Devoto…

Exacto, pero era como una broma. Es la idea de volver, con la que se juega permanentemente. Yo volví de visita a la cárcel hace cuatro años, en agosto de 2004. Volví con mi hija. Pedimos un permiso que tardó tiempo en ser otorgado. Entramos también con una compañera ex-presa. Recorrimos toda la cárcel, y mi hija, Sara, filmó todo, tanto de Villa Devoto como del sótano de la Alcaidía de Rosario. Tengo fotos, videos. Es un material conmovedor, realmente, para mí y mis compañeras. Fue importante obtenerlo porque, poco tiempo después, la Alcaidía fue demolida, y todo cambió. Villa Devoto sigue allí, habitada ahora por presos comunes, aunque mucho más deteriorada que cuando estábamos nosotras.

 

Y tu hija, ¿cómo se relaciona con todo eso, con tu estancia en la cárcel?

Yo creo que con una enorme cuota de admiración y respeto de ella hacia mí y hacia mis compañeros y compañeras, hacia mi generación. También sé que a ella le cuesta muchísimo pensar en cualquier posibilidad de que yo sufra. Y eso es una marca. Y el origen de la marca es el conocimiento, con los límites correspondientes a lo empírico, de lo que mi generación atravesó. No lo vivió ella en forma directa, pero estar viviéndolo en forma constante a través de mí le ha sido suficiente.

 

Es que debe ser horrible…

Sí. Entonces, cuando yo hablo, ella me mira, y de pronto me dice “pero mami, vos nunca me contaste, contame más, contame” y no es cierto que yo no le haya contado, hemos hablado, lo que pasa es que en mí es muy natural, es mi vida. No es algo formal o ceremonioso como: “Hija, tengo que contarte esto…”. No. Pero ella quiere saber más y más. Y escucha, yo hablo con mis compañeras y mis compañeros todo el tiempo. Ella ha crecido rodeada por mis compañeras y sus hijos… Somos una comunidad llena de cercanías, de similitudes y apegos, y ella vive eso con gran orgullo. Además hablo en universidades, en presentaciones de mis propios libros, y muchas veces ella está allí, oyéndome. Lo dice, lo repite mucho, dice, a veces, “mi mamá”, y yo percibo lo que ella siente. Es como si se le llenara la boca, al decirlo… 

 

¿Qué relaciones tienes ahora con tus compañeras? ¿Y qué vínculo afectivo sientes hacia ellas?

Mis compañeras ex-presas políticas son muy importantes para mí, y lo somos todas para todas. Quiero decir: haber atravesado los extremos de la vida y de la muerte juntas (aunque “juntas” no signifique siempre que habitáramos el mismo pabellón o la misma celda, sino también que somos compañeras de experiencia), coincidir política o ideológicamente, haber llevado adelante, en libertad, una lucha con objetivos muy claros y con la mejor intención y, después, adentro, haber superado lo más terrible y doloroso para sobrevivir y poder sentir que los asesinos, los exterminadores de una generación o dos no nos vencieron, todo hecho con convicción, con principios, con solidaridad y sin aflojar, siempre reconstruyéndonos y ayudando a reconstruirse a las compañeras que nos rodeaban, nos une y nos va a unir para siempre. La vida nos condujo a armar una comunidad de la que todas y todos los ex–presos políticos formamos parte, y, aunque pase tiempo sin vernos, estamos allí, al alcance. La comunicación es constante y muy viva.

Algunas preguntas sobre el contenido de los cuadernos

 

¿Cuándo empezaste los cuadernos? ¿Poco después de ser trasladada a Devoto?

 Cuando llegamos a Devoto y el Jefe de Seguridad nos dio el sermón de llegada ese primer día, nos dijo que tendríamos allí comida, correspondencia –censurada, por supuesto-, algunos recreos en un patio, visitas familiares una vez al mes, etc. Nos dijo también que íbamos a poder tener un cuaderno (sólo uno y, cuando ése se terminara, quizá otro). Más o menos un par de semanas después de llegar, cuando nuestros familiares supieron dónde estábamos, nos hicieron llegar las cosas que necesitábamos y era permitido que entraran a la cárcel, entre ellas el tan deseado cuaderno. Fuimos trasladadas a Devoto en noviembre de 1976.

Hubo otro cuaderno, pero antes de los de Villa Devoto. Fue en el sótano de la Alcaidía de Rosario. Antes del golpe de Estado de marzo de 1976 (yo fui arrestada en setiembre de 1975), o sea antes de que nos incomunicaran completamente, podíamos recibir un diario, los familiares podían visitarnos cada tanto y llevarnos un poco de comida. Y podíamos tener, las que lo quisiéramos, un cuaderno. Yo lo tenía, y en él estaba escribiendo poesía. Había cuarenta poemas, más o menos. Cuando se empezó a endurecer nuestra situación, sospeché que ese cuaderno no iba a sobrevivir a las requisas, cada vez más violentas y destructivas. En un momento muy cercano al golpe de Estado nos comunicaron que la siguiente iba a ser la última visita que recibiríamos de nuestros familiares, y que debíamos entregarles a ellos la ropa que no usábamos. Yo tenía unas sandalias de tiras de cuero forradas, y me dediqué a copiar los poemas en letra ínfima en papel de armar cigarrillos, doblé los papelitos y los introduje cuidadosamente entre el cuero y el forro, y volví a coser las partes. A esa última visita fue mi padre, y se las entregué, con un gesto que indicaba que debía guardarlas muy bien. Las sandalias pasaron la requisa de salida. Al día siguiente de esta visita última, aparecieron las celadoras y los policías e hicieron una de esas requisas espantosas en la que destruyeron todo y, desde ya, se llevaron mi cuaderno y los de otras compañeras. Al salir en libertad, lo primero que hice fue reencontrarme con mis sandalias. Quiero decir: el hecho de que los militares fueran tan enfáticos en términos de quitarnos nuestros escritos me mostró que valía la pena conservarlos, sean lo que fueran, si en algún momento podíamos volver a escribir, si sobrevivíamos. Por eso, también, mi propio énfasis en conservar los dos que tuve en Devoto.

 

 ¿Qué era lo que se podía tener en la cárcel, en términos de prensa, revistas, etc.?

Dependiendo de las épocas de mayor o menor represión podíamos, a veces, tener un diario, pero siempre recortado: les arrancaban las noticias que no querían que recibiéramos. Y nada más. Eso fue lo único.

 

A menudo en tu segundo cuaderno aparece el sello de  “CENSURADO”. ¿Qué indicaba? ¿Se trataba de "censurado" en el caso de que te lo quisieras llevar al salir?

 El "censurado" procedía de la censura de la cárcel, que significa que ya había pasado por la sección Requisa, fue revisado, ya había pasado por la inspección, por la censura, y podía salir. Era para las cartas, que eran leídas por los que estaban a cargo de ese trabajo. También, si no estaban de acuerdo con algo que una dijera en ellas, les cortaban el pedazo, o tachaban la mitad de la carta con marcadores oscuros, y a los familiares les llegaban en esas condiciones.

 

Esta explicación tuya me lleva a pensar que el hecho de que haya hojas sueltas en los cuadernos tiene alguna relación con la finalidad de evitar la censura. ¿Es así? ¿Cómo sacaste los cuadernos?

Yo corté las hojas de los cuadernos para hacerlas pasar por cartas, y salieron de la cárcel como cualquier carta, con el sello de "censurado". Después, ya en libertad, recuperé las hojas en la casa de mis padres y las volví a poner en el cuaderno. Hice esto de mandar los pedazos de cuaderno cuando nos dijeron que estaba prohibido salir en libertad con ellos. Así que yo, que no estaba dispuesta a perderlos, empecé de a poco a arrancar las hojas de uno y a enviarlas disfrazadas de cartas, agregando párrafos al inicio y al final para que se parecieran lo más posible a cartas para mis padres. Así fui mandando esas hojas. Después llegó el anuncio de mi libertad, y me encontré con la realidad de que no había podido mandarles a mis padres los dos cuadernos porque me faltó tiempo. Entonces decidí hacer un doble fondo en el bolso con el que iba a salir, corriendo muchos riesgos. Y los metí en el doble fondo, lo cerré lo mejor que pude, y cuando me llamaron para irme junto con otras 19 compañeras, en el momento anterior a atravesar la puerta de la cárcel para subir al autobús que nos esperaba para llevarnos a nuestra provincia, y cuando las celadoras estaban palpando a las primeras de la fila de futuras liberadas y revisando sus bolsos, pedí ir al baño urgente. Para ver si lograba evitar la requisa, yo me había puesto última en la fila. Cuando salí del baño las demás compañeras ya estaban subiendo al autobús, y así logré confundir a las celadoras que se olvidaron de revisar mi bolso. Y subí última al autobús, y sin haber sido requisada. Así salieron los cuadernos que vos viste digitalizados en Poitiers. Al llegar a la casa de mis padres completé el cuaderno al que le había sacado las hojas con las "cartas" que ellos guardaban. No las pegué, las dejé sueltas, pero puestas entre las tapas.

 

Se entiende que en los cuadernos hay un lenguaje cifrado que sólo VOSOTRAS entendíais: ¿me puedes precisar algo acerca de eso?

Sí, es cierto, mis cuadernos tienen muchísimas palabras que yo utilizaba en lugar de las que con seguridad iban a traerme problemas serios. La cosa es que, para que esas palabras no dejaran huellas visibles, yo evitaba su repetición. De manera que la misma palabra “prohibida” está representada en diferentes párrafos por palabras distintas. Algo que, finalmente, contradice los principios de cualquier convención. Esto sumado a que me las ingenié para que las palabras que cubrían a las “prohibidas” no saltaran del contexto, para que se leyeran fluidamente, para que no aparecieran extrañas a la idea escrita. Total: será un trabajo interesantísimo desenterrar esos contenidos y significados después de más de treinta años… No sé qué tan fácil me va a resultar emocionalmente. Pero estoy dispuesta a intentarlo.

Considerado que sólo podías mantener correspondencia con tus padres, ¿me contarías algo acerca de las cartas que escribías para que luego les llegaran a otra gente? Me refiero, por ejemplo, a las cartas con las consideraciones sobre poesía que le mandabas al padre de tu amiga presa Estela. Los cuadernos se convierten en un puzle en el que van textos para distintas personas, es una gran riqueza como testimonio y para ti, creo…

El padre de Estela era poeta, un hombre sensible, muy humano. Como yo conocí a Estela en la cárcel, no lo conocí a él, realmente, hasta después, hasta estar las dos en libertad. Pero solía verlo en los días de visita, sin poder charlar. Su nombre era Osvaldo Salvañá. Yo le escribía a él por lo de la cosa poética en común y por ser amiga de su hija, pero no podía mandarle nada. Sólo podías escribir a y recibir de familiares muy directos. Lo hacía Estela en sus cartas para él, disfrazando un poco el texto de su carta como para abrir la posibilidad de insertar mis partes, que el papá reconocía porque marcábamos, hacíamos un puntito o algo donde empezaban mis párrafos para él. Estela copiaba mis palabras con su letra, por supuesto. Así hacíamos con todo. Además cierto vocabulario, o estilo, o tema, Osvaldo sabía que no eran los de su hija. En esas situaciones uno arbitra todo tipo de recurso, y los sentidos y el ingenio se agudizan.

 

¿Cuánto se conocía dentro de la cárcel la política de aniquilación cultural que estaba llevando a cabo el régimen?

No era posible tener muchos detalles, pero algo sabíamos. No teníamos información sobre las verdaderas dimensiones del desastre, pero nos dábamos cuenta de mucho porque conocíamos las intenciones de los militares, de la dictadura, con tanta represión. A cualquier cosa que pudiéramos imaginarnos que ellos harían para lograr sus objetivos de mantener al país sometido, la concretaron. O sea que entre los conocimientos que teníamos, previos a nuestro encarcelamiento, acerca de la voluntad de los milicos, y los datos que teníamos sobre lo que iba pasando en relación con desaparecidos en las familias de los presos, por ejemplo, entre otros elementos, atábamos cabos y entendíamos la situación. Costaba percibir las dimensiones, porque el alcance de la destrucción fue enorme.

 

¿Me puedes explicar un poco más la decisión de transcribir párrafos enteros de libros y de diarios?

No sabíamos en absoluto cuándo íbamos a salir en libertad. En un momento pensamos que estaríamos por muchísimos años en la cárcel. Entonces preservábamos todo lo que podíamos, sobre todo elementos que nos ayudaran a mantener la mente activa. Lo intelectual era fundamental. Cuando nos dejaban ver un diario, un suplemento cultural, lo leíamos en grupo, lo discutíamos desde todo punto de vista, en particular  político e ideológico, y tratábamos de conservar el artículo copiándolo en el cuaderno, ya que los cuadernos estaban permitidos. Había dos ideas fundamentales en eso: la de mantenernos activas intelectualmente, y la de tratar de preservar la memoria de lo que estaba sucediendo en el país y en el mundo. Y eso para que después personas como vos vieran lo que hacíamos en la cárcel las presas políticas argentinas en los años de dictadura militar.

 

Hay bastantes dibujos en los cuadernos: ¿la pintura es para ti otra forma de expresión? ¿Pintas, ahora? En los cuadernos dices que dibujar te resultaba más fácil, más inmediato… ¿Sigues pensándolo?

Sí, el dibujo y la pintura siempre fueron otra forma de expresión que comenzó cuando muy chica. Siempre me resultó muy fácil dibujar caras, captar las expresiones, pintar, y empecé con óleo cuando tenía muy pocos años. Sola, sin indicaciones. Era demasiado natural. No hacía esfuerzos. Me resultaba “lindo” hacerlo, pero no existía una necesidad imperiosa, aunque me entusiasmaba, y mucho, y temporalmente calmaba algunas de mis ansiedades. Pero esta forma de expresión no representaba para mí un desafío lo suficientemente intenso, un gran estímulo como los que necesito tener delante de mí para sobrevivir, para luchar por obtener algo. Y de eso al aburrimiento mortal hay un pasito. Y la escritura era más compleja, al margen de la gran complejidad y sofisticación de obras de arte visuales muy elaboradas intelectualmente. Creo que, en el fondo, yo he sentido, y siento, que el color, como elemento, y a pesar de cuánto me saca de las sensaciones oscuras que a veces me persiguen, me facilitaba demasiado las cosas. Me ponía demasiado fuera de mí misma. No me ayudaba a la introspección. Ya sé que esta palabra suena antigua, pero para mí sigue muy vigente. Eso sentía. Y, sí, todavía lo siento. Aunque dibujo, siempre, pero como una instancia complementaria.

 

¿Tenías algún rol especial y ya establecido en la cárcel? Sé, por ejemplo, que estaba la maestra, la profesora de canto, la de deporte….

Sí, yo solía dar talleres literarios. Dependía de la situación, y además variábamos los roles para que todas practicáramos de todo. Era siempre un aprendizaje.

 

¿Qué es lo que te hizo decidir ser escritora? ¿Hay un episodio particular? ¿Una lectura en especial?

Bueno, al menos en mi caso no hubo una decisión. Si yo pudiera decidir qué hacer en mi vida quizá vendería helados. Pero es probable que parte de la razón por la cual escribo compulsivamente sea que de muy niña me sentía bastante sola en la casa de mis padres. Me recuerdo a mí misma arrinconada con un pedazo de papel y un lapicito sin saber escribir todavía, o sea que a los tres años o antes (a los tres y medio ya había aprendido), tratando de expresar ideas, sensaciones y, ante la imposibilidad, pidiéndole a mi madre que las escribiera por mí. Quizá no tuviera mucho con quién hablar. Recuerdo que las ideas sobre lo que veía me burbujeaban en la cabeza. Era sensible, nerviosa, y todo me afectaba. No podía con todo, y para soportarlo trataba de escribirlo. Apenas aprendí a leer, leía todo lo que encontraba. Una cosa que recuerdo bien es que mi padre llegaba de su trabajo todos los días y se concentraba en leer el diario. Eso me llenaba de ansiedad. Yo quería jugar con él, pero él se dedicaba a otra cosa. Me recuerdo diciéndole: “Quiero aprender a leer el diario, quiero saber lo que dice, porque vos lo querés al diario más que a mí.” De inmediato me mandaron a la maestra de la esquina, que me enseñó a leer y a escribir. O sea que esa intriga relacionada a las razones de la falta, de la no satisfacción de ese deseo que mi padre representaba, la necesidad de resolver esa ansiedad, me llevaron, parcialmente, a la lectura. Y a la escritura me llevó la necesidad de expresarlo todo. La otra pregunta sería: ¿de dónde vino la necesidad? Porque otros pueden tratar de resolver esas necesidades de otras miles de maneras. O de, ante hechos similares, reaccionar de otra forma: comer más, comer menos, en fin, la lista es interminable. Por eso pienso que la sensibilidad, que te lleva a reaccionar ante los estímulos de una manera u otra, viene con uno. Es, incluso, física, química. Y se arrastra dolorosamente.

 

En tus cuadernos hay muchas transcripciones de poemas y crítica sobre poesía (te refieres a menudo a la “Generación del 27”). Me imagino que esto nos puede ayudar a entender algo de tu formación literaria. ¿Puedes precisarnos quiénes fueron tus maestros y modelos literarios? ¿En Argentina? ¿En América Latina? ¿En Europa? ¿Poetas o narradores? ¿Qué lees con más frecuencia?

Vuelvo con mucha frecuencia a James Joyce y a Faulkner, a Juan Rulfo y a Beckett. De Diamela Eltit, Lumpérica me parece imprescindible. Los leo y los releo, y utilizo sus textos en mis clases de creación literaria. Las listas son siempre largas, y aún siendo largas son injustas. Es difícil mencionar sólo a algunos. Pero leo más que los mencionados, y trato de abrirme más allá de los clásicos, porque busco y busco autores y autoras que logren modificar cualitativamente lo que se está escribiendo en la actualidad. Me frustro bastante, te digo. Lo cual no significa que no exista en algún lugar ese germen de creatividad extrema.

Leo mucha poesía, y ficción. Las transcripciones que ves en los cuadernos dependieron exclusivamente de lo que en ese momento se publicaba en Argentina en los suplementos culturales que llegaban a nuestras manos en la cárcel. Mis intereses de ese momento tenían que ver con lo que había estudiado en la facultad.

 

¿Qué escribías antes del encierro?

Muchísima poesía, cuentos, intentos de novela, consideraciones, reflexiones generales. Los temas eran muy sociales, filosóficos, ideológicos. En total: políticos, aunque quizá no demasiado específicos, pero siempre desde el lugar de la izquierda ideológica, incluso sin saber lo que eso significaba. Pero, leídos ahora, está clara una cierta manera de percibir el mundo, de entender sus contradicciones, de concebir el mundo deseado.

En cambio, ahora tu literatura no habla directamente de política: ¿me puedes explicar cómo se produce este cambio?

Si es que realmente hay un cambio en ese sentido, debe tratarse de que, después de haber pasado por situaciones particularmente difíciles, y siendo que me es imposible evitar las marcas, profundas, cuando llega el momento de sentarme a escribir, opto por obviar el testimonio directo. Logro a través de la ficción la mediatización, la distancia, que me permite escribir sobre el tema. O sea: o no escribo sobre el tema, o lo llevo a la ficción. Y lo ficcionalizo porque no puedo prescindir del tema. Por eso, quizá, mi escritura no es tan “política”. Pero la realidad es que siempre, incluso antes de la cárcel, escribí ficción y poesía. Quiero decir: nunca fue, antes tampoco, “directamente política”, como vos decís, mi escritura. Los temas lo eran, claro. Posiblemente ahora, por las razones que te menciono, me incline más por las metáforas de lo mismo.

 

¿Qué estás escribiendo ahora? ¿Sigue presente el tema del encierro?

Y, sí, el asunto “encierro” me tiene bastante encerrada. Estoy escribiendo sobre una niña muy joven a la que la vida la ha dejado prisionera de una situación muy fea, y de la que todavía ahora, siendo abuela de catorce nietos, aparentemente no ha logrado escapar. No es autobiográfico, claro. Si es que tiene algún sentido tratar de discriminar entre lo que es y lo que no lo es.

 

¿Cómo escribes? Leí que escribes a mano y en cuadernos bonitos que te regalan… Mucha diferencia con los cuadernos que nos has dejado escanear, ¿no? ¿Reescribes? ¿Corriges mucho? ¿Hay distintas versiones manuscritas de lo que luego publicas –aparte del poema que donaste al CRLA–?

Sí, sí. Escribo a mano la primera versión. En cuadernos que me estimulan por su belleza o por su rareza. Uso colores diferentes, pego papeles, pétalos de flores que antes disequé entre hojas de libros, hilos de colores, lo que sea que encuentre y me atraiga y quepa sin arruinar la forma del cuaderno. Es cierto que mis amigos y mi hija me regalan muchos de ellos. Cuando descubro un cuaderno con tapas hermosas me invade una alegría que a muchos debe parecerles una idiotez. Pero a mí, al verlo, se me multiplican las ganas de vivir. Debe ser química, la reacción. Porque si estoy un poco deprimida por algo específico -no soy depresiva- y en eso veo algún cuaderno de los que te menciono, se me levanta el ánimo.

En general no reescribo. Nunca tengo versiones diferentes de la misma novela, en términos de que la historia sea contada con distintas estructuras. Lo que sí hago es corregir y pulir mucho. La primera versión es manuscrita en un cuaderno, luego tipeo en la computadora, imprimo y corrijo a mano, y después paso esas correcciones a la computadora. Este proceso dura mucho y, como imprimo cada tanto incorporando las nuevas correcciones y vuelvo a imprimir para corregir otra vez, al final termino con una pila de papeles que incluyen todo el proceso de trabajo de un texto.

 

¿La iniciativa de Nosotras, presas políticas [1] seguirá con otras publicaciones?

En este momento no podría decirte si nos vamos a embarcar otra vez en un proyecto como el Nosotras. Nosotras nos llevó siete años de enorme entrega, y todavía estamos ocupadas en hacer presentaciones (creo que se han hecho más de sesenta), en lograr traducciones (va a salir en italiano), cosas así.

 

¿En EEUU desempeñas actividades relacionadas con tu época de reclusión?

A través de mi escritura de ficción. O sea, escribiendo libros, o en base a lo que surja de ellos. Y como de manera más o menos literal o más o menos metafórica allí está reflejada la experiencia, el tema siempre sale a la luz en mis charlas, en las preguntas de los estudiantes, en las preguntas de los profesores de esos estudiantes, que muchas veces son los que me invitan a dar la charla, o a hacer la lectura. No es precisamente divertida, la actividad, cuando se trata de estos temas, pero es necesaria. Además el interés y el afecto de los que me escuchan compensan con creces. Pero sí, termina convirtiéndose en una forma de activismo de derechos humanos.

 

¿Sólo escribes ficción o también ensayos sobre eso?

Ficción. Evito francamente escribir ensayo sobre el tema cárcel. La ficción me rescata de la potencial situación de “peligro”. Me salva. Al margen de que en muchos casos en mis libros el personaje que atraviesa una experiencia similar tenga el mismo nombre, su recreación, el disfrazar la experiencia con detalles que aparecen desde el plano de la imaginación, me ayuda a sentir que no estoy hablando o escribiendo sobre mí misma. Ese mundo es el de Sara [2], no el mío, así que, como todo es un “invento”, puedo hundirme en su vida, en su dolor, en sus fantasías.

Nosotras, en ese sentido, me resultó costoso emocionalmente, precisamente porque no es ficción. Pero, claro, el resultado fue un valioso trabajo llevado a cabo en grupo, y en ese sentido muy satisfactorio. Sobre todo porque nos apoyamos mucho unas a otras en el largo proceso de producirlo.

 

Para terminar, y considerado el papel tan importante que desempeñan los cuadernos para que se sepa lo que ha pasado, ¿qué función social le atribuyes hoy a la literatura?

Total. La literatura es como cualquier otro producto humano: desde su génesis es social. Si nace de la sociedad, volverá a ella. Está destinada a cumplir con un ciclo, que nada tiene que ver con lo “mágico”. Tiene una función educacional porque establece la comunicación entre la gente, entre un autor y su lector. No hay manera de que, en la lectura de lo que sea, no se aprenda algo. Y desde ya que no estoy hablando de textos con tono didáctico, que son de una obviedad que los hace contraproducentes. Además, donde hay estética, hay enseñanza. Y se espera que haya aprendizaje. La literatura tiene ese rol, que es fundamental: el de mostrar la realidad en una diversidad de estilos y de variantes estéticas, y el de empujarnos hacia el futuro, mostrándonos su potencialidad hacia la creatividad, hacia la evolución superadora, hacia el crecimiento. Quiero decir, hacia el crecimiento como seres humanos, como sociedad, como comunidad humana.



[1] Texto publicado en el año 2006 y que recoge el testimonio de 112 presas políticas argentinas.

[2] Este es el nombre del personaje que aparece en muchos textos de la autora desempeñando la función de su alter ego.