Imaginar y franquear las fronteras en La Frontera más distante de Cristina Rivera Garza



Marie-José Hanaï

____________________________  

♦ I. Una cuestión de fronteras
♦ II. La frontera espacial
♦ III. La frontera genérica
♦ IV. La frontera de las escrituras




Volver al índice





















Volver arriba

Volver arriba


Volver arriba


Volver arriba
Volver arriba


Volver arriba


Volver arriba


Volver arriba

Volver arriba


Volver arriba

Cada cual se interese por el tema de la frontera en la obra de Cristina Rivera Garza ya sabrá que el acto de franquear las fronteras remite a una experiencia vivida por la autora tamaulipeca, volviéndose casi una costumbre y una seña de identidad: Cristina Rivera Garza suele franquear la frontera geográfica entre México y Estados Unidos, la frontera lingüística entre el español y el inglés, la frontera académica entre la historiografía y la novela, la frontera genérica entre la prosa ficcional y el ensayo literario… A partir de un nacimiento en una zona fronteriza, Cristina Rivera Garza cultiva el arte de imaginar, en sus escritos de ficción, múltiples fronteras para explorarlas, cuestionarlas en su pertinencia y trascenderlas en su franqueamiento o su transgresión.



I. Una cuestión de fronteras

Cristina Rivera Garza nació en la ciudad fronteriza de Matamoros que linda con la ciudad estadounidense de Brownsville, lo que aparece de cierto modo como una abismación de una situación geopolítica fronteriza por situarse Matamoros en el Estado de Tamaulipas, fronterizo con EEUU. La escritora cursó estudios de sociología en la UNAM, por la que se graduó de licenciada en 1984; realizó una maestría en Historia latinoamericana en 1993 y obtuvo el grado de Doctora en esta misma materia en 1995 en la Universidad de Houston, Texas. Da clases de Historia latinoamericana en la Universidad de San Diego y ha vivido bastante tiempo entre San Diego y Tijuana. Este brevísimo recorrido de vida muestra hasta qué punto la experiencia fronteriza es un ingrediente mayor en la existencia de Cristina Rivera Garza. Pasar la frontera es un riesgo, una apuesta a la vida, como la misma autora lo subraya: “Todo se resume en el ir de un lado a otro, en saber que es posible dejarlo todo atrás, que es posible volver a empezar, que es posible comenzar de cero.”(1) La trayectoria errante de un lado a otro de la frontera entre México y Estados Unidos marcó y sigue marcando su propio vivir, configurando una visión de uno/a mismo/a y de los demás, así como una práctica de la escritura, lo que puede manifestarse en el uso del bilingüismo: la autora escribe la ficción en español y, mayoritariamente, los estudios de investigación académica en inglés. Cristina Rivera Garza resume lo polifacético de la frontera: “No creo que la experiencia fronteriza pueda ser algo que se reduzca a un espacio geográfico, pues todo lugar donde hay diferencia y otredad son lugares fronterizos, intensos, alucinantes.”(2)

Al considerar el doble estatuto de Cristina Rivera Garza, historiadora y escritora de ficción, y su modo de vivir errante, podemos proponer una ubicación posible de la autora dentro del marco literario, a pesar de todas las reservas que acompañan este tipo de tentativa: Cristina Rivera Garza forma parte de los autores que escriben desde y sobre la frontera. Cierta crítica, la bajacaliforniana, que ha impulsado la creación de un grupo de trabajo en la Universidad de San Diego, se interesa por la generación de ruptura, que se puede asimilar con los “escritores fronterizos”,(3) radicados geográficamente en los estados fronterizos mexicanos, pero también en un movimiento de ruptura frente a los cánones, ruptura que implica una relación lúdica con las convenciones literarias, a las cuales no obedecen, que revisan y reescriben. La producción de la generación de ruptura se caracteriza según los investigadores de la Universidad de San Diego por la creación de personajes escindidos y ambiguos, por el manejo de la heteroglosia y del fragmento, rasgos conocidos del posmodernismo. La frontera se encuentra también en su negación formal cuando se hibridan los géneros y se mezclan las tonalidades, usando recursos como la parodia, lo grotesco, lo fantástico, lo que se relaciona con la crítica bajtiniana.

Negar la frontera es también un modo de afirmar su existencia y reflexionar en las posibilidades abiertas por su transgresión. Se permite la transgresión cuando el individuo se sitúa en un proceso que desarrolle un espíritu universalista, siendo el universalismo lo que legitima la transgresión. Quizá después del pensamiento posmoderno que reflexiona sobre el fin de los grandes relatos legitimadores de identidad y el cuestionamiento múltiple de una supuesta realidad, algunos escritores vuelven a plantear el tema de la representación del mundo y la ubicación del individuo. Entre ellos, un ensayo reciente de Régis Debray aboga por la pertinencia de la noción y  la existencia de la frontera:

De sa sauvegarde dépend la survie non pas de « citoyen du monde », cliché vaniteux et qui n’engage à rien, mais de citoyens de plusieurs mondes à la fois (deux ou trois, ce n’est déjà pas si mal), et qui deviennent, par là même, ces féconds androgynes que sont les hommes-frontières.(4)

La existencia de las fronteras, que permite el acto de franquearlas y de transgredirlas, es una modalidad de construcción del ser.

El título de la última recopilación de once cuentos de Cristina Rivera Garza, La frontera más distante,(5) nos invita a caminar de un lado a otro de las fronteras, hasta perdernos para tratar de rescatar y/o imaginar quiénes somos. Este libro manifiesta la voluntad de crear diversas modalidades fronterizas para multiplicar las interrogaciones sobre la índole de las fronteras y seguir explorando así las estrategias del ser en su búsqueda de identidad. Enfrentar las fronteras es mirarse a sí mismo al otro lado y franquearlas es dejar el mundo familiar para proyectarse hacia un espacio desconocido y hacia el/lo otro, es negar y afirmar a la vez la otredad. Buscando cuál es la frontera más distante, la colección de cuentos permite declinar una tipología de la frontera, considerando el aspecto geopolítico, social, genérico, artístico, desembocando en un reto a la existencia misma de la frontera y utilizando todas sus potencialidades a la vez. De hecho, el título de la colección de cuentos, que no repite el de ninguno de los relatos, transgrediendo ya cierta costumbre editorial, nos ofrece un juego de sentidos: la frontera más distante es quizá la que está más cerca de uno, como lo dio a entender varias veces la autora en la promoción que hizo de su obra, por ejemplo con estas palabras: “La frontera distante invita al lector a alejarse del mundo conocido, a descubrir que lo lejos muchas veces está bien cerca, y lo cerca es diferente de lo que pensábamos.”(6) Se invierten las perspectivas banales y racionales de la cercanía y la lejanía, proponiendo que el ser realice la experiencia más extrema para descubrir lo más cercano a sí mismo.

A continuación de este trabajo escogeré ciertos ejemplos significativos entre los cuentos para considerar los aspectos claves de la reflexión sobre la frontera: la dimensión espacial, la dimensión genérica y la dimensión metaliteraria.



II. La frontera espacial

El geógrafo y el político elaboran una representación del mundo que se afinca en la presencia de líneas separadoras, como lo recuerda Régis Debray:

La carte est une projection de l’esprit avant d’être une image de la terre. La frontière est d’abord une affaire intellectuelle et morale. Les autres animaux s’annexent un territoire propre par trace interposée, olfactive ou auditive. […] Nous, il nous faut de l’institué : nous plantons des signes, érigeons des emblèmes.(7)

La exploración de las fronteras que emprende Cristina Rivera Garza no se atiene a una realidad geopolítica precisa procedente de la situación de México y Estados Unidos en el mapa americano y productora de una situación laboral y económica precaria para los ciudadanos mexicanos, como puede ser el caso de otras obras señaladas por la investigadora María Socorro Tabuenca Córdoba en su estudio de la literatura de mujeres fronterizas.(8) Afirma Cristina Rivera Garza en una entrevista: “Es una frontera que no es geográfica y que no está necesariamente relacionada a mapas políticos o geopolíticos, cognoscibles”.(9) No obstante ciertos cuentos de la recopilación dibujan espacios delimitados por fronteras institucionales y naturales cuyo franqueamiento implica un peligro, un salto hacia lo desconocido, un pasar a otro mundo.

Un ejemplo preciso de configuración política en el espacio se encuentra en el cuento “La ciudad de los hombres”. La protagonista, periodista encargada de un reportaje, llega a la Ciudad de los Hombres viajando en avión y se subrayan las relaciones diplomáticas establecidas con el mundo exterior, lo que institucionaliza el lugar como un pequeño Estado. La primera descripción en oraciones nominales despierta la duda en el lector:

Los altos edificios. Las calles amplias. Las hileras de autos. Los espectaculares. Las luces del alumbrado público. Los charcos en las banquetas. Los semáforos. Las gotas de agua sobre los parabrisas. Los rostros desdibujados detrás de todo eso.(10)

¿Cuál es, pues, la particularidad de esta ciudad? La mirada de la periodista no capta sino imágenes genéricas que desembocan en el cliché de la deshumanización acarreada por el desarrollo urbano. Sin embargo, como justificación de su fundación, esta ciudad implica la selección de sus habitantes masculinos porque se presenta como el proyecto de una vida mejor, siempre en oraciones nominales:

La amplitud de sus calles. Las líneas verticales de sus edificios. La combinación entre el incesante mundo del comercio y la búsqueda de caminos espirituales más profundos, más serenos. Más accesible para todos. Su literatura. Su poesía. El alcance singular de su experimentación teatral.(11)

La Ciudad de los Hombres connota el funcionamiento riguroso y perfecto de la ciudad utópica, singularizándose de esta manera frente al mundo circundante. Sirve de lugar de experimentación propuesto a la investigación de la protagonista.

Frente a la perfección ilusoria de tal ciudad, la selva, salvaje e inquietante, se afirma como otro lugar a la vez genérico y particular en la geografía creada por Cristina Rivera Garza. La Ciudad de los Hombres está rodeada por la selva, no sólo para existir dentro de un marco natural relacionado con la geografía física, sino sobre todo dentro de un esquema de oposición con un lugar de huida y refugio precario de otras mujeres periodistas condenadas a ya no volver a su mundo de origen: “Cuando alguien quiere esconderse por lo regular va ahí. A la selva.”(12) Irónicamente este espacio salvaje se puebla de ciudades efímeras, fundadas al margen de la ciudad perfecta que es la de los hombres, y que desaparecen con la persecución que sufren los habitantes selváticos.

Encontramos un eco de tal espacio en el relato “La mujer de los Cárpatos”, donde la representación del bosque de-construye la imagen tópica incluida en los cuentos infantiles: “Todo bosque contiene siempre otro bosque dentro. El que está adentro es el mítico bosque encantado de los cuentos.”(13) El bosque escogido más para mal que para bien por la narradora como nuevo espacio de vida se caracteriza por el clima áspero, los peligros animales, las faenas rudas, aunque supone un trayecto determinado desde fuera para adentrarse en él:

¿Por qué alguien toma un par de cuadernos y, después de viajar por mucho tiempo en un camión desvalijado, se apea en una lejana provincia y se transporta, luego, sobre el lomo de un burro por días y días hasta llegar, si se puede, si esto es posible, a lo más lejos? No lo sé. ¿Por qué alguien elige un bosque? Tampoco tengo respuesta para eso.(14)

La narradora parece buscar la frontera más distante en el espacio y el tiempo que la lleve de su lugar natal: “me iría de ahí, de la cocina y de la biblioteca y de la ciudad”,(15) hasta un bosque aleatorio en el que reina muerte y violencia, en el que los forasteros son matados a hachazos.

Observemos un último ejemplo de franqueamiento problemático de una frontera espacial gracias al cuento “Fuera de lugar”, en el que la misma narradora es extranjera al país y al pueblo a los que llega por azar. La ausencia de respuesta a las preguntas anteriormente citadas de la narradora en “La mujer de los Cárpatos” culmina en este cuento. El personaje tiene que parar “aquí” porque el coche ya no tiene gasolina(16): el uso del deíctico evidencia la mayor proximidad entre la locutora y el lugar designado y aleja la existencia de un allí, lugar de origen que de hecho no existe: “Antes: ninguna parte”. Franquear la frontera equivale a perder el origen. La dimensión espacial se combina con una frontera climática entre este “aquí” donde la nieve es eterna y otra parte que conoce el verano, así como una frontera lingüística entre la narradora y los habitantes. Al final, el personaje descubre su coche bajo un montón de nieve y se encierra en él: el relato narra de hecho una estancia de varios años en este lugar “fuera de lugar” donde se descarrió la protagonista, como un paréntesis en su vida.

Vemos así que alcanzar y franquear una frontera lejana es una modalidad de la interrogación sobre uno mismo, es una manera de acercarse a sí mismo y a sus dudas y misterios.



III. La frontera genérica

El tema de una identidad problemática, que más bien se funda en incertidumbres, nos permite abordar este segundo rasgo de la representación de la frontera en la recopilación estudiada, señalando que la interrogación sobre el género masculino/femenino forma parte de toda la obra ficticia de Cristina Rivera Garza. Para dar algunos ejemplos, remitamos a la novela Nadie me verá llorar,(17) en la que la identidad genérica de la protagonista Matilda Burgos llega a ser andrógina en un momento clave de su vida, y también a otra novela posterior, La cresta de Ilión,(18) en la que reina la ambigüedad genérica del narrador/narradora.(19)

Varios son los relatos de La frontera más distante que discuten y problematizan la pertenencia genérica de los personajes, y proponen pasar de una identidad a otra para mejor subrayar la búsqueda del ser que se cumple así. En una entrevista ya citada, la autora puntualiza la índole de la frontera que desea explorar en el libro, indicando la que existe “entre el hecho femenino y el hecho masculino”.(20) Volvamos al ejemplo de “La ciudad de los hombres”: la diferenciación entre lo masculino y lo femenino se da en el mismo título, dando a entender que el anhelo de ciudad perfecta está reservado a unos habitantes masculinos selectamente escogidos. La periodista, como las colegas que la precedieron ahí, se define por su índole femenina y por ende, su estatuto de intrusa indeseada, obligada a huir y refugiarse en la selva ya mencionada. Hay que cotejar este relato con el anterior, “Autoetnografía con otro”, donde una comunidad imperante de mujeres acosa y elimina inexorablemente cualquier presencia masculina en su ciudad: el hombre es un sujeto vedado.

Frente a tal esfuerzo de separación genérica radical, se manifiesta la incertidumbre y la transgresión de la frontera. En el mismo cuento, el otro, ya presente en el título, es el medio por el que el yo intenta definirse a sí mismo, y se ilustra mediante el personaje del hombre que aparece de repente en el jardín de la narradora, suscitando su turbación respecto a una alteridad enigmática: “Porque el hombre era mi Falta-de-Comprensión. Porque era, en realidad, mi Falta.”(21) Para superar la falta, o sea lo que no es ella, la narradora viste y maquilla de mujer al hombre, disimulando su alteridad a los ojos ajenos, pero buscando contradictoriamente resolver la interrogación sobre el yo y el tú que plantea esa presencia masculina en su casa. En sentido contrario, en el cuento “La mujer de los Cárpatos”, una transformación genérica de la narradora acompaña su búsqueda del bosque más alejado: la mujer se viste de hombre para ser aceptada y sobrevivir en el bosque. Los relatos se responden así uno a otro en un efecto especular. El cuento “El último signo” parece reunir y resolver los pasos de un lado para otro de la frontera ya que la confusión se cumple entre el yo y el tú, lo masculino y lo femenino: el acto carnal se vive como el tatuaje recíproco de los amantes, acompañado de dolor y goce, tanto más relevante cuanto que las palabras tatuadas en los cuerpos se escriben en nushu, ese sistema de escritura exclusivamente utilizado por las mujeres de la minoría de los Yao en la provincia china del Hunan: “era una forma de expresión en un medio de otra manera opresivamente masculino”(22). El acto erótico vehicula el intercambio profundo de los signos: “Marcarte sobre mí. Marcarte en mí. Marcarme contigo.”(23) El resultado es la confusión de las identidades: “Tú en lugar de mí: yo en el lugar tuyo.”(24)



IV. La frontera de las escrituras(25)

El motivo de la escritura de signos y palabras en el cuerpo de los amantes es una abertura hacia la autorreflexión que caracteriza la obra de Cristina Rivera Garza y participa de lleno del cuestionamiento de las fronteras. Aquí también se trata de transgredir otras delimitaciones genéricas en la medida en que la escritura de la autora se define como “colindante”, “siempre situada en la frontera entre géneros”.(26) Así habla Cristina Rivera Garza de tal modo de escribir:

Hay un término que a mí me gusta mucho, el de escritura colindante, porque remite a un espacio donde no hay oposición, sino que es un terreno que todavía no está vigilado, o que por algún momento se ha escapado del ojo vigilante de los grandes clasificadores… ésos son terrenos de radical libertad creativa.(27)

El término nos interesa en grado mayor porque se funda precisamente en el linde, el límite, y en el contacto entre los espacios de un lado y otro de esta frontera, por el acto de franquearla y darle así a la creación una mayor potencialidad. Se puede hablar de transgresión en la medida en que dice Cristina Rivera Garza: “no creo que exista per se una literatura que responda a un género”(28). Pero también podemos proponer la idea de diálogo fecundo entre los géneros y los medios de expresión artística de manera más vasta, como intertextualidad y transposición.

Es evidente el juego de transposición entre cierto universo cinematográfico y dos cuentos de Cristina Rivera Garza. “La ciudad de los hombres” suena inevitablemente al título de la película de Federico Fellini “La ciudad de las mujeres” (1980), con una clara estratagema de inversión de los géneros masculino/femenino, lo que nos remite a una problemática ya señalada, pero también de simetría entre el acoso que sufre Marcello Snapora por parte de las mujeres en la película de Fellini y el peligro que corre la periodista al penetrar en la Ciudad de los Hombres; los motivos de la selva y de la huida contribuyen a establecer el vínculo entre la película y el cuento. Por otra parte, el cine erótico japonés, con el motivo del tatuaje y de la alianza Eros/Thanatos, se traspone al cuento “El último signo”. Este diálogo entre el cine y la literatura se tendría que estudiar de manera más detallada, pero escojo poner de realce más bien, en esta reflexión sobre las escrituras, dos procedimientos por los cuales La frontera más distante supera los límites de su propio género.

Un primer aspecto del tema aparece dentro de la misma escritura de Cristina Rivera Garza, con un juego intratextual evidente entre cuatro cuentos seguidos de La frontera más distante y su novela La muerte me da, publicada en 2007.(29) La explicación puede ser racional y laboral, como lo explica la misma autora: “Son textos que han ido creciendo a la par, al lado de otros libros que he ido publicando en ese tiempo.”(30) Pero es pertinente vincular con la novela La muerte me da, de por sí híbrida entre policíaca y ensayística, la reaparición en La frontera más distante del personaje de la Detective en cuatro encuestas que son casos perdidos, asuntos imposibles de resolver, situados en la frontera entre realidad y ficción, entre razón y locura, entre hecho e imaginación. El relato “El último signo” hasta inscribe en su diégesis un paralelismo con la trama de La muerte me da:

Tiempo después, justo cuando trataba de resolver uno de los casos más difíciles de su historia, el caso de los Hombres Castrados, la Detective estaría a punto de lanzar su mano, las yemas de sus dedos, hacia la marca del cuerpo de otro sospechoso.”(31)

La recurrencia de ciertos personajes en varias obras de un mismo escritor claramente no es un fenómeno original ni novedoso, pero lo interesante aquí es la intratextualidad entre el género de la novela y el del cuento. Cristina Rivera Garza llevaba a cabo al mismo tiempo la escritura de los relatos de La frontera más distante y de la novela La muerte me da: así introduce en su propio modo de escribir el cuestionamiento de la frontera, la experimentación genérica. El resultado es que la colección de cuentos casi se vuelve cuatro capítulos de otra novela cuya protagonista es la Detective en su afán de encontrar un sentido a su propia identidad.

Una segunda manifestación del tema se realiza con la oscilación entre la literatura de ficción y el estudio etnográfico en el cuento ya evocado “Autoetnografía con otro”. Cristina Rivera Garza comentó esta tentativa de escritura colindante en varias entrevistas: “hay ahí un interés muy consciente de ir combinando, de ir trenzando la forma de la escritura antropológica, especialmente la etnográfica, con el relato de la ficción.”(32) En el campo de la antropología, el investigador franquea la frontera de su propio contexto para evaluar su óptica, contemplando al otro, pero también a sí mismo y dejándose contemplar por el otro. El cambio de posicionamiento es una táctica para comprender la dualidad de las miradas, lo que nos lleva otra vez a la reflexión sobre el yo y la alteridad. La narradora expresa su deslumbramiento después de la lectura de Translated Woman. Crossing the Border with Esperanza’s Story de la etnógrafa Ruth Behar: “[Ruth y Esperanza] [m]e dijeron […] que los libros son dialógicos o no son o son otra cosa.”(33) La estrategia narrativa de Cristina Rivera Garza en este cuento puede aparecer como otra modalidad de esa mirada dual ya que alterna por una parte las secuencias intradiegéticas relacionadas con el encuentro entre la narradora y el hombre, y por otra parte comentarios (notas de lectura, síntesis de la historia de la etnografía, citas) o traducciones, asumidas por “la autora”(34), que remiten a documentos etnográficos, ensayos o películas. Las viñetas así constituidas se presentan bajo la forma de capítulos numerados, proponiendo otra vez un juego inter-genérico entre cuento y novela. La hibridez de tal escritura se funda en puentes tendidos entre la ficción y los documentos científicos mediante la ocupación de la narradora, que realiza “estudios antropológicos”(35). Pero también se funda en la utilización en la diégesis de referencias pertenecientes a las secuencias científicas del cuento o viceversa. Es el caso cuando la narradora describe la mirada atónita de una de sus vecinas, reutilizando ejemplos ya referidos: “ella me miró como si estuviera justo frente a Ishi o a Nanook o a la madre balinesa que baña a su bebé.”(36) A la inversa, la secuencia siguiente, constituida por una cita del ensayo Escribir cultura, de James Clifford, menciona en la metodología de la escritura etnográfica “la convención de «la escena de arribo» –el momento clave de la llegada del antropólogo al lugar exótico.”(37) El lector se refiere entonces a la primera secuencia intradiegética del relato, titulada “Escena de arribo”,(38) en la que de hecho, el que arriba es el hombre, descubierto en el jardín por la narradora. Así se aprecia la pertinencia de tal hibridez, que no es mera yuxtaposición, sino, como se lo propuso la autora, un trenzado de escrituras.

En una época de mundialización, Régis Debray revaloriza las fronteras como modo de vivir e intercambiar entre las naciones, los pueblos, las culturas. La imagen de los “andróginos” que son “los hombres-fronteras”(39) podría corresponder a los personajes de Cristina Rivera Garza, que van en busca de las fronteras de su universo y de su propio ser. Esos personajes apuestan a la transgresión de las fronteras para desafiar las normas y mejor conocerse a sí mismos. La frontera espacial vale por su índole genérica y simbólica. La frontera más distante sería la interior, entre el yo y el otro, cuya experiencia dolorosa y enigmática se resolvería gracias a la experimentación de una escritura fronteriza.









Notas


(1). Y. Aguilar Sosa, « La escritura, una aventura extrema », El Universal, 2 de enero de 2007, consultado el 24 de mayo de 2009 en:
http://www.el-universal.com.mx/cultura/51037.html.

(2). Ibid.

(3). Apelación utilizada por los críticos B. Rodríguez y R. L. Williams en La narrativa posmoderna en México, Xalapa,Universidad Veracruzana, 2002. En un artículo de la revista Quimera, M. S. Tabuenca Córdoba alista a Cristina Rivera Garza entre “las escritoras del norte que sobresalen por su participación en talleres literarios antes y durante el apogeo de dicha literatura, así como las de publicaciones recientes” (“Mecerse entre fronteras. La literatura de mujeres fronterizas mexicanas y chicanas”, Quimera, n°258, junio de 2005, consultable en:
http://www.revistasculturales.com/articulos/43/quimera/350/1/mecerse-entre-fronteras-la-literatura-de-mujeres-fronterizas-mexicanas-y-chicanas.html)

(4). R. Debray, Éloge des frontières, Paris, Gallimard, 2010, p. 93.

(5). C. Rivera Garza, La frontera más distante, México, Tusquets, Colección “Andanzas”, 2008.

(6). C. Coronel, “La imaginación acerca lo lejano”, 3/12/2008, consultable en
http://www.tabascohoy.com.mx/noticia.php?id_nota=165143

(7). R Debray, op. cit., p. 16-17.

(8). M. S. Tabuenca Córdoba, art. cit.: “La realidad de la vida de la frontera como tema aparece a partir de la década de los ochenta en la literatura de la zona norte de México. Es cuando las escritoras, conscientes de la geografía y la problemática social que las rodea, deciden explorarla. […] Los bares y prostíbulos, la migración hacia los Estados Unidos, el conflicto de encontrarse en una cultura ajena, la persecución de indocumentados, el reto a la Patrulla Fronteriza serán también tópicos de la poesía y la prosa de las mujeres, o servirán de marco para plantear la explotación de obreras, migrantes indocumentados y trabajadoras sexuales.”

(9). I. Gallo, “Entrevista a Cristina Rivera Garza”, consultable en http://irmagallo.blogspot.com/2009/11/mujer-en-la-frontera-entrevista.html.

(10). C Rivera Garza, op. cit., p. 59-60.

(11). Ibid., p. 66.

(12). Ibid., p. 72.

(13). Ibid., p. 97.

(14). Ibid., pp. 98-99.

(15). Ibid., p. 94.

(16). Ibid., pp. 107, 108, 110.

(17). C. Rivera Garza, Nadie me verá llorar, México, Tusquets, 1999.

(18). C. Rivera Garza, La cresta de Ilión, México, Tusquets, 2002.

(19). En el coloquio « Trois écrivaines mexicaines », organizado en marzo de 2011 en la Universidad Paul Valéry de Montpellier 3, Berenice Eugenia Reza Dávila, doctoranda en París 3, estudió precisamente los juegos de transgresión de la frontera genérica en esta novela.

(20). I. Gallo, art. cit.

(21). C. Rivera Garza, La frontera más distante, op. cit., p. 33.

(22). Ibid., p. 201.

(23). Ibid., p. 208.

(24). Ibid., p. 210.

(25). Esta parte del trabajo merecería sin duda alguna un desarrollo más amplio, más preciso y completo, pero que excedería las fronteras de tal ejercicio…

(26). I. Gallo, art. cit.

(27). Y. Aguilar Sosa, art. cit.

(28). C. Coronel, art. cit.

(29). C. Rivera Garza, La muerte me da, México, Tusquets, Colección “Andanzas”, 2007.

(30). “Rivera Garza regresa a la FIL con nuevo libro bajo el brazo”, consultable en
http://www.informador.com.mx/entretenimiento/2008/51356/6/rivera-garza-regresa-a-la-fil-con-nuevo-libro-bajo-el-brazo.htm

(31). C. Rivera Garza, La frontera más distante, op. cit., p. 216. El subrayado es nuestro.

(32). I. Gallo, art. cit.

(33). C. Rivera Garza, La frontera más distante, op. cit., p. 49.

(34). Ibid., pp. 36-37.

(35). Ibid., p. 44.

(36). Ibid., pp. 41-42.

(37). Ibid., p. 43.

(38). Ibid., pp. 29-30.

(39). Cf. supra.